En lo más alto de las montañas de la selva peruana, rodeada de niebla y misterio, la cultura Chachapoya dejó sus huellas. Entre sus piedras y acantilados sobrevive una leyenda...

La fortaleza de Kuélap al amanecer, envuelta en niebla y montaña.

Dentro de los muros de Kuélap, la vida florece: los niños juegan, las mujeres tejen, los hombres levantan sus hogares de piedra.
En la fortaleza de Kuélap, la vida transcurría al ritmo de los vientos de la montaña. Mujeres tejían, hombres construían, niños corrían entre los muros de piedra. Era un pueblo fuerte, acostumbrado a resistir el tiempo y la niebla.

Desde lo alto de Kuélap, la princesa Cumpanama observa su pueblo. Su mirada serena guarda la fuerza de sus ancestros.
Pero la paz de Kuélap no duraría para siempre. Desde tierras lejanas, los mensajeros trajeron la noticia temida: el Imperio Inca marchaba hacia ellos. No venían a negociar. Venían a conquistar.

El ejército Inca se aproxima a Kuélap. Su presencia impone respeto y temor.
Al caer la tarde, sobre los senderos de la montaña, los guerreros incas aparecieron como una sombra dorada. Su ejército avanzaba firme, llevando consigo el poder del Sol y el destino del Tahuantinsuyo.

Desde lo alto de un cerro, el líder inca observa Kuélap. Su mirada es firme. Sabe que el asedio no será fácil, pero confía en la fuerza de su imperio.